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Utopías

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Robos, más robos y más robos después de esos.

“¡¿Dónde están los ladrones?!” Grita la gente en la calle en vez de preguntar por sus pertenencias. 

“Hay que hacer algo” piensan las autoridades. El algo no varía de lo que siempre se hace pero esta vez habría una diferencia: sería en toda la ciudad. 

Se diseña una estrategia con ayuda de toda la policía disponible, pero no es suficiente. “¡Más gente, hace falta más gente!” exclaman las autoridades, y llaman a las fuerzas nacionales y de otras provincias. 

Los jueces ordenan un allanamiento por vivienda en toda la ciudad. Todo el mundo será visitado en su hogar al mismo tiempo.

“¡Esta noche la gente no puede salir de sus hogares!” gritaba un hombre uniformado por el altoparlante. “Creo que le dicen toque de queda” dijo un hombre a otro mientras miraba la cámara de seguridad del otro lado de la calle. Cada movimiento sería vigilado. 

Las fuerzas rompen las puertas entrando con la característica que su nombre indica, y los pedidos a gritos para que se vayan inundan todas las calles. 

Algunos diarios titulan “procedimientos exitosos”, mientras exultantes los jefes declaran que se logró secuestrar droga, objetos cuyos poseedores no tenían la factura para acreditar su propiedad, y se detuvieron 30.000 contraventores de todos los barrios pobres, medios y ricos de la ciudad. 

Los jóvenes, niños y viejos que no tuvieron fortuna en la selección exhibieron su vergüenza en la plaza, sin saber porqué ni cómo. Sólo unos pocos tuvieron el privilegio de sentir por un momento su tan anhelada sensación de seguridad. Quizás su satisfacción se ensombreció por una milésima de segundo cuando vieron a sus vecinos -y a veces amigos- en tan penosa situación, pero rápidamente espantaron esas ideas con la mano como si fueran moscas y volvieron a su sonrisa de tarea cumplida.

Pues bien, este escenario más que una utopía securitaria es una distopía del control. Una pesadilla orwelliana despersonalizada en la que el hombre ha perdido su libertad ya sin la posibilidad de preguntarse si ese fue el precio por más seguridad, porque ya no es un hombre libre para preguntarse nada, porque el control que tanto anheló terminó por cooptarlo.

Sin embargo, aceptamos como tolerable cuando toda esa batería del control secutiratio es aplicada a un sector social: los pobres.

Las grandes masacres de la humanidad han comenzado cuando la sociedad aceptó considerar a un gran sector de la población como un enemigo, como una no-persona causante de todos los males sociales, y por lo tanto eliminable. La antesala del infierno se compone de una sociedad temerosa que reclama sangre para sus enemigos, o para los transformados como tales en las campañas discursivas del odio- ya sean políticas, sociales o mediáticas-.

Una sociedad que aspira a prever todas nuestras conductas futuras utilizando para ello el control – sea mediante policía, los medios masivos, cárcel o cámaras de vigilancia – es una sociedad que aspira a una pesadilla falsa, porque la seguridad sobre nuestra conducta futura no es más que un pretexto para legitimar, una vez más, nuestra pérdida de libertad a costillas del menoscabo de derechos. 

La seguridad así entendida, casi como está siendo aplicada por políticos demagogos y oportunistas, no es otra cosa que el miserable y tirano camino hacia el sometimiento.

La situación descripta en los primeros párrafos nos resulta inverosímil pero la fantasía no son los hechos en sí, sino que puedan ser sufridos por todos.

Cuando la violencia institucional se aplica para quienes no fue diseñada, la situación parece cinematográfica, fantasiosa. 

De a poco se van corriendo los límites sobre la libertad al punto que la utopía de unos se convierte en la distopía de otros. Sin embargo, todos se encuentran en un sistema diseñado para el control, un sistema tan inverosímil como real.