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Un 25 soleado pero triste

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Por Guillermo Mariani

¡Qué lejos estamos de la valiente euforia de la jabonería de Vieytes y el pequeño grupo revolucionario. La celebración de nuestra fecha patria, el 25 de Mayo, ha sido un día de fiesta porque la tradición bicentenaria de la plaza amaneciendo en libertad, inundada de paraguas y cintas de azul y blanco en las solapas, ha seguido actualizándose en la imaginación de los argentinos y en el espacio de las escuelas. Pero, las palabras de Poli, el arzobispo de Buenos Aires, señalando que “no había qué festejar”, no fueron sólo el atrevido juicio de un dignatario eclesiástico, sino la traducción, en una fiesta de acción de gracias (Te Deum), del clamor de una nación sometida por el capricho de sus gobernantes, a todas las arbitrariedades que puede imaginar una actitud de venganza indisimulada, contra los gigantescos pasos dados en favor de la inclusión social por parte del gobierno anterior.

Que “nadie debe considerarse dueño de indicar al gobierno lo que hay que hacer”, como lo afirmó el presidente en su discurso del locro de la Casa Rosada, es una afirmación falsa y soberbia. Supone que el hecho de haber sido elegido en democracia ha significado la promoción a un estado de divinidad infalible, con un proyecto del neoliberalismo que nadie puede objetar. Y notemos que no se trata de reclamos o exigencias de “corporaciones”, como pareció indicarlo la enumeración presidencial, sino del pueblo en su mayoría, del pueblo pueblo, que SÍ es dueño del poder que transitoriamente delega en sus gobernantes en el sistema democrático. No es que el presidente tenga que obedecer órdenes (aunque sería bueno que no las obedeciera de los “dueños” de afuera) sino que tiene el grave deber de escuchar y conmoverse (no burlarse) ante las necesidades y carencias que la gente experimenta y ya por repetidas convocatorias multitudinarias de impacto nacional, ha expresado y sigue expresando.

La actitud notablemente sobradora del que siente dueño de la nación, tiene un remedo deleznable en el presidente brasilero cuyo proceder acaba de recurrir a la medida extrema de represión armada, que en el fondo, no ha hecho más que llevar a cabo los propósitos ya manifestados por la ministra Bullrich estrechamente ligada a Macri, que tiene reservadas en galpones del ejército, las armas adquiridas para reprimir motines si llegaran a darse casos como el brasilero.
Por su parte, el arzobispo Aguer, acompañado en la fiesta patria por Vidal, no ha querido quedar al margen del escenario del poder y se ha permitido disculpar públicamente a los militares genocidas argentinos hablando de la ficción mágica y legal del número de 30.000 desaparecidos.

Ante el mensaje del Papa a Milagro Sala, renovando su deseo de que todo se resuelva pronto y bien, el episcopado argentino permanece dormido, como si lo que conmueve al mundo a ellos no les causara la mínima preocupación. Entre éste silencio que visiblemente es complicidad y lo absoluto de las declaraciones de Aguer, es lógico que la gente no sepa a qué atenerse, sobre todo cuando las manifestaciones del Papa Francisco inclinan visiblemente hacia el lado de la justicia y la vida.
Sobre el telón oscuro de la insensibilidad oficial ante el hambre, la inequidad salarial, el desempleo, y la crisis económica que sigue rellenándose de promesas y sonrisas de disculpas, la sordera y suficiencia victoriosa ante las multitudinarias manifestaciones populares y sus reclamos de soluciones impostergables, hemos vivido una conmemoración patria soleada pero triste.

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