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Sobre la tortura (cómo borrar lo humano en un solo acto)

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Existen distintas investigaciones empíricas sobre los motivos por los cuales las fuerzas de seguridad aplican castigo físico sobre personas que, en la mayoría de los casos, se encuentran sin posibilidades de defenderse. Todas esas explicaciones, que se preguntan “por qué se le aplica dolor físico a otra persona”, parten que la idea que el torturado, no es, por lo menos para el torturador, un otro igual.

La historia de la tortura bien podría resumirse en el castigo hacia aquellos que, por distintos motivos no se los consideró humanos o se les disminuyó su humanidad. Desde la discusión sobre si los indígenas eran o no personas en el siglo XVI y XVII, pasando por la abolición de la esclavitud en el siglo XIX y buena parte del XX, hasta la aplicación de tormentos físicos en las instituciones totales de la actualidad, la pregunta sobre quién es un igual, siempre estuvo vigente.

En el presente, nadie discute – por lo menos seriamente – la humanidad en los Otros. Sin embargo, en el reconocimiento cotidiano de sus derechos esa humanidad es percibida como de segunda categoría, como de menor valor o importancia. Es decir, la discusión hoy se centra en el “grado” de humanidad que le reconocemos al Otro. Así, para definir a quien comete actos aberrantes utilizamos la palabra monstruo, es decir, la antítesis de lo humano, y por lo tanto, su castigo no implica una disminución de su humanidad ya que nunca la tuvo.

El filósofo Emmanuel Lévinas, quien estuvo detenido en un campo de concentración nazi, cuenta la historia de Bobby, un perro que recibía a los prisioneros con alegría cuando éstos volvían de realizar trabajos forzados. 

Lévinas recuerda a Bobby como el único ser que no diferenciaba entre judíos y nazis pues le reconocía la dignidad de persona de esos prisioneros. "Para Bobby no había la menor duda que nosotros éramos hombres" dice Levinas

Esta reflexión nos lleva a una ética del reconocimiento que radique en considerar al Otro como un igual. Una igualdad en dignidad y en merecimiento de protección y derechos

Esta ética es un arma de instrucción masiva contra la violencia institucional. Reconocer que ese otro (que puede ser un “sospechoso”, un preso común o político, un paciente psiquiátrico, etcétera), está tan dotado de dignidad como nuestros propios hijos, que es tan humano como nuestros amigos y que merece tantos derechos como yo, es el cimiento para evitar la tortura. No tener la menor duda, tal como no la tenía Bobby, que ese Otro es un hombre. No partiendo de reconocerles derechos iguales solo a aquellos que considero iguales, sino del razonamiento inverso: como le reconocemos los mismos derechos, entonces es un igual

La ética del reconocimiento no puede basarse exclusivamente en una declaración moderna de derechos otorgada formalmente a todos, sino de una política concreta que implica prácticas de reconocimiento efectivo de derechos y protecciones.

No se trata solo que un policía le reconozca a ese otro que está custodiando, controlando o deteniendo el carácter de humano, sino que la sociedad toda lo haga, pues buena parte de las prácticas policiales son el reflejo de un discurso social. Allí reside su complejidad.

Solo una ética del reconocimiento socialmente compartida puede recomponer la humanidad que el torturador, en el acto de la tortura, está destruyendo

Al fin de cuentas, todos somos Otros. 

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