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Rápidos y furiosos

mlafuente
Por Manolo Lafuente
@MANOLOLAFUENTE

A poco menos de medio siglo del golpe que lo derrocara (28.06.1966), y a un poco más de un siglo de la Revolución del Parque (26.07.1890), bautismo de fuego de su por entonces flamante partido la Unión Cívica Radical, la figura de Arturo Umberto Illiacordobés nacido en Pergamino, resulta el antónimo del título.

Sus exégetas blanden abundantemente su testamento. Incluso aquellos que más bien parecen haber sido desheredados.

En la Argentina no hemos tenido gobierno durante los últimos cincuenta años, aseguró aquel hombre monocorde. Su cabeza era un odre ajado pero contenía, según me pareció, una inteligencia sin arrugas. Los ojos fingían somnolencia. La boca se entreabría apenas y dejaba aparecer una voz raída. Ocurrió el 14 de septiembre de 1982. No hemos tenido gobierno durante los últimos cincuenta años. Lo certificaba alguien a quien diecinueve, dieciocho, diecisiete años atrás aún llamaban Excelentísimo Señor Presidente”.

Aquella tarde lejana, él había estaba solo ante mí; como ahora, estaba solo frente a todos nosotros, testigos de su testamento".

Pero quizás no incluídos en él, pues si Rodolfo Terragno, el autor de estas líneas lo hubiera estado, sus posteriores alianzas y transfuegueadas lo hubieran desheredado junto a una larga lista que podrían engrosar vergonzantemente Sanz, Cobos, Aguad y hasta… Alfonsín, hijo… de los que desgraciadamente no se nos parecen…

Baste comparar aquellas medidas gubernamentales con las actuales que los nombrados suscriben, aprueban o soslayan.

Se anularon los contratos petroleros firmados por Frondizi con compañías extranjeras, se impulsó la explotación del petróleo y los recursos estratégicos por parte del Estado, se fomentó la industria nacional, se destinó el 23% del presupuesto nacional a la educación, el PBI y el Producto Externo Industrial crecieron (el último a un vertiginoso 19% en 1964), bajó la desocupación, se disminuyó la deuda externa, se llevó adelante un plan de alfabetización y se sancionaron las leyes de Salario Mínimo, Vital y Móvil y la llamada ley de medicamentos.

El tiempo transcurrido, las dos dictaduras sufridas, la traición menemista al ideario peronista y la aliancista al ideal progresista, ubican, afortunadamente, lejanísimos a la nostalgia paralizante.

Y próxima a la acción.

Lo rápido y furioso del llamado “clima de época”, con tanta medida antinacional y antipopular que se intenta tapar con otros escándalos recientes y por cierto también repudiables, parecen inclinar el (in) fiel de la balanza hacia la posible detención de la líder de la, aunque fragmentada, oposición, Cristina Fernández de Kirchner.

El rumor, a voces, rompe también lo recoleto que suele rodear las muertes ilustres, los duelos sin fin, los vacíos imposibles de llenar. Por estos días, el primero de julio, se cumplen 42 años de la muerte de Perón.

Quizás parte de sus últimas palabras, tal vez sus últimos deseos, su legado, haya sido lo suficientemente difuso, y hasta contradictorio, como para que las fuerzas sigan en pugna y la brecha se haya transformado en abismo con pronóstico reservado… Reservado para un paso adelante.

La juventud maravillosa ya se había vuelto imberbe, doble involución.

La maravillosa música era la del pueblo, innominando así a su sucesor, diluyéndolo en un colectivo a la deriva.

Así y todo, con tanta imprecisión disfrazada de generosidad, en uno de los casos, y de la trajinada morosidad en el otro, algo/mucho ha quedado del cordobés nacido en Pergamino y del de Lobos regresado en cordero.

Augusto Monterroso el escritor hondureño que vivió en Guatemala, al que todo el mundo cree mexicano, y que escribiera el cuento más corto del mundo, concibió esta fábula: Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.

En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles

Y en Julio, Cortázar: “Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que se encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

Claro que se sabe que una golondrina no hace verano, que hay que pasar el invierno y que el semestre es el que viene, el que siempre está viniendo. Y en ese porvenir detenido en el futuro imperfecto de la oscuridad del túnel sin fin, el semestre esperado quizás nunca llegue.

Lo rápido y furioso no siempre llega a su meta.