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Por una resistencia de la Esperanza

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Los medios y el problema de Orwell

En el libro ‘El Conocimiento del Lenguaje’ el intelectual y lingüista norteamericano Noam Chomsky plantea lo que él denomina “el problema de Orwell”. En 1983 el locutor de radio soviético Vladimir Danchev denunció durante una semana, en cinco programas de radio distintos, la guerra rusa en Afganistán, incitando a los rebeldes a no abandonar las armas. La prensa occidental quedó fascinada ante tal valiente actitud del periodista, elogiándolo en el New York Times y concediéndole premios en Francia por luchar por el derecho a la información.

Como contrapartida a este verdadero gesto heroico de la información, Chomsky se pregunta por qué, cuando en 1962 la Fuerza Aérea norteamericana invadió una población civil vietnamita, matando a miles de inocentes, no existió en la prensa del país de la libertad ningún Danchev. Cómo fue posible que las fuerzas armadas americanas llevaran adelante una masacre a 13 mil kilómetros de su país y la prensa, supuestamente libre, callara ante hechos tan aberrantes. Y ¿por qué lo plantea como el problema de Orwell? Porque si bien el libro 1984 denunciaba el totalitarismo soviético – varias partes del libro hacen alusión a las prácticas de la sociedad soviética de entonces – lo que en realidad terminaría describiendo la obra es cómo se gesta el control ideológico en tiempos de libertad: lo que Chomsky arriesga como hipótesis es que el adoctrinamiento y “lavado de cerebro en libertad” es mucho más imperceptible, y por ello eficaz, en regímenes democráticos. ¿Por qué? Porque en el capitalismo, y específicamente en la forma de capitalismo salvaje que es el neoliberalismo, la información es una mercancía, y por lo tanto, se compra y se vende en un mercado de bienes servicios.

Esta arriesgada hipótesis, la que compartimos en parte, nos puede ser útil para analizar el fenómeno mediático – y el esquema de los medios de comunicación – que a partir del 10 de diciembre próximo se gestará en Argentina cuando asuma la presidencia Mauricio Macri.

El tiempo televisivo y radial así como los centímetros cuadrados de los medios gráficos se ha visto inundado por el conflicto de dónde celebrar la ceremonia de la entrega del bastón presidencial, incluyendo medida cautelar de por medio.

¿Los medios te dicen qué pensar? Claro que no, eso sería una afrenta a la inteligencia de los televidentes. Mediante una censura invisible presentan algunos hechos y otros no, priorizan algún tema sobre otro y militan la semántica del eufemismo. El que extrae las conclusiones es el propio televidente que, en su ingenuidad, cree pensar por sí mismo.

En el mismo instante en que se discute mediáticamente sobre el bastón presidencial, los empresarios dejaron de respetar el programa de precios cuidados, el medio aguinaldo de diciembre sí pagará ganancias (pese a que desde hace cuatro años no lo hacía), las tarjetas de crédito han dejado de dar cuotas, jamás se vio un gabinete conformado por tantos CEOs y empresarios y los precios al consumidor aumentan a ritmo acelerado, producido todo ello por las especulaciones de los oligopolios ante los anuncios del propio presidente electo de eliminar el cepo al dólar y las retenciones al sector agrario. Incluso, cuando los medios hegemónicos tienen que informar sobre los aumentos, militan una semántica de los eufemismos como parte del blindaje mediático con el que cuanta el presidente electo. La inflación se transformó en “movimientos especulativos de los formadores de precios”, o más cruelmente aun “sinceramiento de precios”. ¿Quién podría estar en contra de la sinceridad?

Desde la sanción de la ley de medios, los oligopolios concentrados de comunicación vienen anunciando que pueden “desaparecer”, utilizando para ello un lenguaje cargado de simbolismo histórico. Nada de eso ocurrió, pero sin embargo, el nuevo gobierno nacional anunció que levantará el programa Seis Siete Ocho. En el mismo sentido, el diario Página 12 ha recibido más de cuatro ataques informáticos que impiden visualizar su página web.

 

El desafío: la resistencia de la esperanza

Frente a este escenario, ¿qué nos queda?

La conformación de un gabinete empresarial antes que político no es un simple dato de color, sino que por el contrario da cuenta de una forma en la que se piensa el Estado, más vinculado a una empresa (donde el desafío es que los números cierren, sin importar la gente) que a una institución que debe protegernos a todos (que se acerca al ideal de Estado Social). La fuerte impronta neoliberal, que no es otra cosa que aplicar las reglas del mercado a todas las relaciones sociales (donde los derechos se transforman en mercancías que se venden según la ley de oferta y demanda), debe ser resistida desde una ética del reconocimiento que radique en considerar al otro como un igual, y no como un cliente, un consumidor o un enemigo.

¿Y la grieta? Si en una sociedad con clase dominante como la nuestra fluye el consenso, es porque la clase dominada ha sido colonizada. En sociedades fuertemente estratificadas, lo verdaderamente democrático es el conflicto, el disenso, la antinomia, la crítica permanente a los sentidos comunes construidos hegemónicamente. Allí también radica la resistencia, no solo en la oposición a los mandatos políticos-empresariales, sino también en crear nuevas formas para pensar y discutir que esa grieta debe ser la base del empoderamiento de los sectores populares.

Hay que ejercer una resistencia de la esperanza, porque no puede existir acción política fructífera basada en la desesperanza o la apatía. ¿Y qué debiera darnos esperanzas? En que la utopía no es solo una palabra de lo inasible, sino que, por sobre todas las cosas, un camino que ya comenzamos a recorrer y al que debemos retomar. 

La resistencia de la esperanza se encuentra en sortear los obstáculos del control ideológico en democracia, no solo de la censura, sino también de aquello de lo que es más difícil luchar, la autocensura

El desafío de la utopía esperanzadora de libertad con justicia social es multiplicar los Danchev.
 

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