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Oligarquía y la Historia de los Derechos

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

La puja histórica política en Argentina, y más ampliamente en América Latina, estuvo siempre signada por dos movimientos en pugna: por un lado la oligarquía privilegiada – los privilegios son siempre contra otros – y por el otro, movimientos populares que luchaban por sus derechos – los derechos son, por definición, siempre con otros.

Desde la fundación de la Nación hasta 1916 la oligarquía terrateniente dirigió los destinos del país sin interrumpir el orden institucional. Había un encuentro entre el poder económico y poder político pues ambos estaban en manos de esa oligarquía que gobernaba mediante el voto calificado y el fraude electoral. Sólo cuando se instauró el voto secreto, universal y obligatorio, en la que esos sectores populares en pugna pudieron expresarse libremente en las urnas, se hizo necesario para la oligarquía recurrir a los golpes de estado en manos de unas fuerzas armadas que fueron manejadas como títeres por los intereses de la aristocracia vernácula. La pregunta obvia que surgía era cómo sería posible que la oligarquía ganara en las urnas cuando solo gobernaba pensando en sus propios intereses de minoría. Si la democracia se construye con mayorías, el pensamiento oligárquico elitista nunca conseguiría los votos suficientes para gobernar. Al no poder acceder al poder político vía institucional, se abalanzaron contra el orden democrático, logrando incluso que en 1930 la Corte Suprema de Justicia de la Nación – cooptada también por la elite ilustrada – declarara constitucional un golpe de Estado.

La década del ’30 transcurrió, como no podía ser de otra manera, embalsamada por el fraude electoral. La oligarquía entonces tenía dos vías para acceder al poder, el Golpe de Estado, el cual tenía mala prensa, y el fraude electoral, que también gozaba de mala prensa, pero poco les importaba.

El fraude no podría durar para toda la vida, y así como irrumpió en la década del ‘10 del siglo XX un movimiento popular como el radicalismo, la década del ’40 es testigo del nacimiento de otro movimiento popular anti-oligárquico: el peronismo

La derecha oligárquica no pudo ganar una elección, ni siquiera cooptando a toda el ala opositora del momento amontonada en la llamada Unión Democrática.

Aunque nuevamente recurrirían al golpe de Estado, esta vez el odio al movimiento popular era tan grande que bombardearon la Plaza de Mayo en 1955, símbolo histórico hasta el momento, de los discursos de Perón junto a los trabajadores. 

Los años posteriores, y hasta 1976, la derecha oligárquica vigilaba a punta de fusil a todos los gobiernos democráticos no peronistas, y el más mínimo corrimiento o simpatía hacia las causas populares, era violentamente acallado a los tiros. 

Sin embargo no era posible destruir todos los derechos conquistados. El movimiento obrero argentino se encontraba fuerte y dispuesto a disputarle a los gobiernos militares y también a los semi-democráticos, los espacios de poder. El Cordobazo es testigo precisamente de ello.

Para borrar todo rastro de derechos y virar el timón del barco hacia el neoliberalismo se hizo necesario el poder más brutal del terrorismo de Estado; no como un fin en sí mismo sino como un medio para que el neoliberalismo se instaurara en la Argentina. Quizás recordemos que, mientras en la Esma o La Perla se torturaba a argentinos, en la televisión Mirtha Legrand se compungía de la sensibilidad del general Videla y el gobierno militar emitía la publicidad de las sillas, aquella en la que el actor se caía cuando eran de industria nacional. Gracias a la eliminación de los aranceles a las importaciones, comenzamos a tener en nuestras casas esos productos “madeinchina”. Y mientras los Falcon verdes seguían desapareciendo personas, la industria nacional se quebraba, al son del aumento más grosero de la deuda externa argentina

En 1989 Menem gana las elecciones con un discurso de Estado Social: salariazo y revolución productiva era lo que el caudillo del interior prometía. Poco tiempo después reconoció que si hubiera contado sus verdaderos planes de gobierno, nadie lo habría votado. Así, en los ’90 se completó el plan de la derecha oligárquica que había comenzado en 1976, o quizás bastante tiempo antes, durante la construcción del Estado Nación. 

La salud, la educación, la seguridad social, la seguridad personal y toda una larga lista de lo que antes considerábamos derechos formó parte de las mercancías que se vendían en un mercado de bienes y servicios, el cual le daba la bienvenida a todo aquel que pudiera acceder a él mediante el dinero y expulsaba de la ciudadanía a una porción elevada de la población. Era el modelo 70/30: setenta por cierto de excluidos y treinta por ciento de incluidos.

Parece entendible que las reformas neoliberales pudieran llevarse a cabo luego de que el Estado, apenas unos años anteriores, había desaparecido a 30 mil ciudadanos. El miedo, la apatía y la abulia reinaban en toda forma de militancia, que no lograba, pese a algunas excepciones, articular reclamos de mayorías.

Desde el año 2003, por convencimiento del nuevo gobierno o por el cambio de época luego del diluvio neoliberal – a estas alturas poco importa los motivos – ese modelo de exclusión propuesto por las oligarquías desde la fundación de la Nación hasta la década del ’90 del siglo pasado, a veces a punta de pistola, a veces mediante el show televisivo, retrocedió.

Se conquistaron nuevos derechos – como los del colectivo L.G.T.B.I.Q. – se reconquistaron otros que ya tenían nuestros abuelos pero perdieron nuestros padres en la década neoliberal, como el sistema público de jubilación; se recuperaron empresas públicas vendidas a precio vil al capital extranjero – como Aerolíneas Argentinas o Y.P.F.; se recuperaron puestos de trabajo apostando a Keynes y a su círculo virtuoso de la economía – aumentando el flujo real de dinero en circulación; la educación recobró el estatus de derecho – como nunca antes se crearon tantas universidades públicas y se invirtió tanto del producto bruto interno en educación; se crearon planes de vivienda para la clase media, créditos para el consumo en 12 cuotas y la Asignación Universal por hijo pasó al elenco de derechos ya reconocidos. Todo este proceso acompañado por una política de Derechos Humanos que llevó al banquillo de los acusados a todos los responsables del terrorismo de estado y una política de integración latinoamericana junto a otros países de la región con gobiernos que también elevaron la ciudadanía real. 

¿Fue perfecto este proyecto? La política de verdad, esa que no se ve en los manuales de politología sino que se respira en las calles, en las unidades básicas, en los comités, en las manifestaciones, en las fábricas, en los pasillos, en los ministerios y en tribunales, la política de verdad es desordenada, multiforme, cambiante, dinámica, compleja. No existe perfección en esa política, y existen errores, algunos intencionados, otros por descuido. Pero sin embargo, esa política fue la que desde el año 2003 amplió la ciudadanía real en Argentina e incorporó a miles de jóvenes a pensar en el otro, a dedicar tiempo para que todos puedan tener los mismos derechos. 

Todos esos derechos ¿fueron bondades que el gobierno regaló? Los derechos jamás se otorgan, se conquistan en complejas luchas sociales de quienes padecen su flagrante violación. Se arrancan, como dice el poeta cubano José Martí. Sin embargo, el gobierno ha sido una superficie porosa a los reclamos sociales y ha entablado diálogos con distintos movimientos sociales permitiendo las conquistas.

En síntesis, las antinomias políticas en Argentina no son entre peronistas y radicales, sino entre movimientos populares que luchan por conquistar derechos (a veces dentro del radicalismo, a veces dentro del peronismo) y una derecha oligárquica que solo busca maximizar su poderío político, económico y simbólico, a veces representado por peronistas, a veces por radicales y más recientemente por los globos amarillos del Pro.

En el balotaje del próximo 22 de noviembre nunca ha sido tan claro cómo los dos modelos de Estado se encuentran en pugna. Son los derechos conquistados y todos aquellos que nos faltan por conquistar los que se unen en un grito diverso que al unísono dicen una frase que ya pertenece a la historia y memora colectiva: Scioli sí.