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A no descalzarse… frente al poder punitivo

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

"Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente.
 A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado".
(Del personaje Dr. Vergerus de la película de Ingmar Bergman El Huevo de la Serpiente)
 
 
 
Quizás la mejor frase que describe y condensa la densidad del poder punitivo, es decir, el poder-derecho que tiene el Estado de castigar, para aplicar de forma deliberada una cuota de dolor a una persona, sea la de Eduardo Galeano que dice “La justicia es como las serpientes, sólo muerde a los descalzos”. Es la mejor frase porque entendemos que aporta una serie de significados que merecen ser analizados. No se trata sólo de aquellos que no pueden comprarse un par de zapatos, sino que la metáfora del escritor uruguayo nos es útil también para intentar explicar a otros mordidos.
 
 
Los que perdieron el poder… y los zapatos.
Históricamente el poder punitivo se aplicó a los más débiles, que son aquellos que nunca pudieron comprarse zapatillas. Pero también, y ello es una constante cuando analizamos su devenir histórico, el poder punitivo - de forma legal o ilegal, de manera legítima o ilegítima - se aplicó a aquellos que perdieron el poder. Podemos pensar en ejemplos paradigmáticos del siglo XX, por ejemplo el general nazi Hermann Göring, durante la vigencia del Tercer Reich jamás se le cruzó por la cabeza que podía llegar a ser condenado a la horca. Claramente no se trataba de una persona vulnerable, pero cuando perdió el poder, que en nuestra metáfora lo representan los zapatos, quedó descalzo frente a la serpiente. También es cierto que Göring era un genocida, pero su condena no se debe (solo) a sus actos, sino a la pérdida del poder. Las fuerzas aliadas estaban llenas de criminales y, por resultar vencedores en la segunda guerra mundial, ninguno fue mordido. 
Existen otros casos que, como contracara de la misma moneda, demuestra la forma estructural en la que se comporta el poder punitivo a nivel mundial. Aquellos que sin ser vulnerables como Göring, pero que a diferencia del jerarca nazi no son criminales, son perseguidos igualmente por el poder punitivo, en el mismo momento que pierden el poder político. No son sus actos los que los lleva a ser mordidos por la serpiente, sino la pérdida del poder. Pienso en los líderes latinoamericanos que, habiendo perdido elecciones - como el caso de Cristina Fernández - o habiendo sido expulsados con golpes blandos - como Fernando Lugo en Paraguay, Manuel Zelaya en Honduras o Dilma Rousseff en Brasil - son hostigados de manera permanente por la corporación judicial que amenaza casi a diario su libertad en complicidad con las corporaciones mediáticas y el establishment. 
 
Los que nunca pudieron comprarse los zapatos
Estos son los destinatarios mayoritarios del poder punitivo. Son quienes se hacinan en las prisiones y quienes históricamente fueron los condenados a las diferentes penas: levas, galera, deportación, cadalso y hoguera de la Inquisición. La serpiente los muerde por muchos motivos que explicarlos, nos llevaría todo un tratado. Pero quizás venga bien aunque sea listar las explicaciones posibles.
En primer lugar la serpiente muerde a los descalzos porque son los más fáciles de morder, y la serpiente, como toda burocracia, cumple con la regla de tener que hacer con el menor esfuerzo en el menor tiempo posible, y es mucho más fácil morder a los descalzos que descalzar a quienes tienen zapatos para luego morderlos. En segundo lugar, la única función de la serpiente es morder, y por lo tanto debe justificarse frente al resto. Una tercera explicación tiene que ver con la forma en la que se gobierna la miseria y se evita que los descalzos se coliguen, pues estar descalzo y tener conciencia de ello es muy peligroso, tanto para la serpiente como para los dueños del serpentario. En cuarto lugar, y sin intención de ser exhaustivo en el análisis, con un par de mordidos, los calzados obtienen una sensación - ficticia por cierto - de tranquilidad y seguridad.
Quienes nunca pudieron tener zapatos son presa fácil no solo de la serpiente que muerde, sino también, y esto es mucho más peligroso, de otras serpientes de dos cabezas que directamente inoculan un veneno mortífero e inmediato: gatillo fácil, escuadrones parapoliciales y toda una serie de ejecuciones sumarias extrajudiciales que se suceden en América Latina.
 
Los que se descalzan
Un tercer grupo de los mordidos son generalmente jóvenes, nacidos, criados y militantes durante la democracia. Más por ingenuidad que por cualquier otro motivo, este tercer grupo se expone descalzo al poder punitivo, porque cree que todavía estamos en primavera, y que es posible darse el lujo de convocar e ir a una marcha con muy poca asistencia, de no fijarse si hay infiltrados, de desconcentrar luego de una manifestación de forma individual o de quedarse en las inmediaciones tomando cerveza. Nadie niega en este caso la injusticia de la serpiente que se enrosca para morder, pero claramente mordidos es mucho más difícil pelear contra esa injusticia, pues allí la urgencia es buscar suero antiofídico para no morir. No se trata de que el miedo a ser mordidos nos paralice, pues eso es precisamente lo que busca la serpiente, una población totalmente miedosa de hacer, decir y pensar. De lo que se trata, es de cuidarse, de cuidarnos, siempre  de forma colectiva. 
 
Los que protestan
El último grupo de destinatarios del poder punitivo lo conforman quienes ni siquiera tienen la suerte de ser mordidos por la serpiente. Son directamente asesinados por el Leviatán, ese monstruo en el que se transforma el Estado cuando el beneficio de la duda es para las fuerzas de seguridad y desde el poder político se les da licencia para matar, porque en esa construcción paranoide de realidad, el orden es siempre más importante que la vida, pues la vida, la libertad y todos aquellos derechos fundamentales que considerábamos ya conquistados, son puestos en tela de juicio por el Estado de Excepción, porque siempre existe una amenaza a ese orden. Son los asesinados en manifestaciones. Son los Maximiliano Kosteki, los Mariano Ferreyra, los Darío Santillán, los Santiago Maldonado, los Carlos Fuentealba, los Rafael Nahuel y los miles y miles que pusieron su cuerpo en una causa justa. 
 
¿Por qué seguir cantando?
La pregunta, válida por cierto, es cuál es la necesidad de decir palabras en momentos en que el invierno es cruel ¿Para qué intentar pronunciar palabras si el frío es tan intenso que antes que podamos terminar de decirlas pereceremos congelados? ¿Por qué seguirse congregando en manifestaciones, por qué publicar en los medios que lo permitan nuestras ideas? En fin ¿por qué continuar militando en momentos de tempestad? Si una palabra o una idea pudo terminar de decirse y hacerse durante la primavera, es porque durante la adversidad más desastrosa, es porque durante el invierno más frío comenzó a emitirse. Son al fin de cuentas, esperanzas de rebrote, legados que dejaremos para otros tiempos que quizás, ni siquiera tengamos la oportunidad de vivenciar. La vida humana no es “grietizable”. 
Si algún legado nos dejó la historia reciente en América Latina y en Argentina de forma particular con el número treinta mil, es el valor absoluto de la vida humana: el No Matarás que se impone como mandato ético cuya violación impide cualquier diálogo, pero también, su vulneración implica la activación de una serie de acciones colectivas que busquen preservar la vida. 
La lucha contra la serpiente no puede estar separada de la lucha por hacer que todos tengan zapatos, y esas luchas no podemos emprenderlas descalzos. 
Pero ahora nos enfrentamos no solo a la serpiente que ya conocíamos. Se están cosechando nuevos huevos que, a través de una fina membrana, se puede distinguir la piel de un reptil ya formado. Algunos cascarones ya se rompieron y nuevas serpientes están naciendo y mordiendo bajo la supuesta membrana de un cambio. Enfrentemos, desde las poéticas democráticas, a estas serpientes juntos, pues los reptiles siempre le temieron a los derechos. "Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente.

"Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado".

(Del personaje Dr. Vergerus de la película de Ingmar Bergman El Huevo de la Serpiente)

 
 
 
Quizás la mejor frase que describe y condensa la densidad del poder punitivo, es decir, el poder-derecho que tiene el Estado de castigar, para aplicar de forma deliberada una cuota de dolor a una persona, sea la de Eduardo Galeano que dice “La justicia es como las serpientes, sólo muerde a los descalzos”. Es la mejor frase porque entendemos que aporta una serie de significados que merecen ser analizados. No se trata sólo de aquellos que no pueden comprarse un par de zapatos, sino que la metáfora del escritor uruguayo nos es útil también para intentar explicar a otros mordidos.
 
Los que perdieron el poder… y los zapatos
 
Históricamente el poder punitivo se aplicó a los más débiles, que son aquellos que nunca pudieron comprarse zapatillas. Pero también, y ello es una constante cuando analizamos su devenir histórico, el poder punitivo - de forma legal o ilegal, de manera legítima o ilegítima - se aplicó a aquellos que perdieron el poder. Podemos pensar en ejemplos paradigmáticos del siglo XX, por ejemplo el general nazi Hermann Göring, durante la vigencia del Tercer Reich jamás se le cruzó por la cabeza que podía llegar a ser condenado a la horca. Claramente no se trataba de una persona vulnerable, pero cuando perdió el poder, que en nuestra metáfora lo representan los zapatos, quedó descalzo frente a la serpiente. También es cierto que Göring era un genocida, pero su condena no se debe (solo) a sus actos, sino a la pérdida del poder. Las fuerzas aliadas estaban llenas de criminales y, por resultar vencedores en la Segunda Guerra Mundial, ninguno fue mordido. 
Existen otros casos que, como contracara de la misma moneda, demuestra la forma estructural en la que se comporta el poder punitivo a nivel mundial. Aquellos que sin ser vulnerables como Göring, pero que a diferencia del jerarca nazi no son criminales, son perseguidos igualmente por el poder punitivo, en el mismo momento que pierden el poder político. No son sus actos los que los lleva a ser mordidos por la serpiente, sino la pérdida del poder. Pienso en los líderes latinoamericanos que, habiendo perdido elecciones - como el caso de Cristina Fernández - o habiendo sido expulsados con golpes blandos - como Fernando Lugo en Paraguay, Manuel Zelaya en Honduras o Dilma Rousseff en Brasil - son hostigados de manera permanente por la corporación judicial que amenaza casi a diario su libertad en complicidad con las corporaciones mediáticas y el establishment. 
 
Los que nunca pudieron comprarse los zapatos
 
Estos son los destinatarios mayoritarios del poder punitivo. Son quienes se hacinan en las prisiones y quienes históricamente fueron los condenados a las diferentes penas: levas, galera, deportación, cadalso y hoguera de la Inquisición. La serpiente los muerde por muchos motivos que explicarlos, nos llevaría todo un tratado. Pero quizás venga bien aunque sea listar las explicaciones posibles.
En primer lugar la serpiente muerde a los descalzos porque son los más fáciles de morder, y la serpiente, como toda burocracia, cumple con la regla de tener que hacer con el menor esfuerzo en el menor tiempo posible, y es mucho más fácil morder a los descalzos que descalzar a quienes tienen zapatos para luego morderlos. En segundo lugar, la única función de la serpiente es morder, y por lo tanto debe justificarse frente al resto. Una tercera explicación tiene que ver con la forma en la que se gobierna la miseria y se evita que los descalzos se coliguen, pues estar descalzo y tener conciencia de ello es muy peligroso, tanto para la serpiente como para los dueños del serpentario. En cuarto lugar, y sin intención de ser exhaustivo en el análisis, con un par de mordidos, los calzados obtienen una sensación - ficticia por cierto - de tranquilidad y seguridad.
Quienes nunca pudieron tener zapatos son presa fácil no solo de la serpiente que muerde, sino también, y esto es mucho más peligroso, de otras serpientes de dos cabezas que directamente inoculan un veneno mortífero e inmediato: gatillo fácil, escuadrones parapoliciales y toda una serie de ejecuciones sumarias extrajudiciales que se suceden en América Latina.
 
Los que se descalzan
 
Un tercer grupo de los mordidos son generalmente jóvenes, nacidos, criados y militantes durante la democracia. Más por ingenuidad que por cualquier otro motivo, este tercer grupo se expone descalzo al poder punitivo, porque cree que todavía estamos en primavera, y que es posible darse el lujo de convocar e ir a una marcha con muy poca asistencia, de no fijarse si hay infiltrados, de desconcentrar luego de una manifestación de forma individual o de quedarse en las inmediaciones tomando cerveza. Nadie niega en este caso la injusticia de la serpiente que se enrosca para morder, pero claramente mordidos es mucho más difícil pelear contra esa injusticia, pues allí la urgencia es buscar suero antiofídico para no morir. No se trata de que el miedo a ser mordidos nos paralice, pues eso es precisamente lo que busca la serpiente, una población totalmente miedosa de hacer, decir y pensar. De lo que se trata, es de cuidarse, de cuidarnos, siempre  de forma colectiva. 
 
Los que protestan
 
El último grupo de destinatarios del poder punitivo lo conforman quienes ni siquiera tienen la suerte de ser mordidos por la serpiente. Son directamente asesinados por el Leviatán, ese monstruo en el que se transforma el Estado cuando el beneficio de la duda es para las fuerzas de seguridad y desde el poder político se les da licencia para matar, porque en esa construcción paranoide de realidad, el orden es siempre más importante que la vida, pues la vida, la libertad y todos aquellos derechos fundamentales que considerábamos ya conquistados, son puestos en tela de juicio por el Estado de Excepción, porque siempre existe una amenaza a ese orden. Son los asesinados en manifestaciones. Son los Maximiliano Kosteki, los Mariano Ferreyra, los Darío Santillán, los Santiago Maldonado, los Carlos Fuentealba, los Rafael Nahuel y los miles y miles que pusieron su cuerpo en una causa justa. 
 
¿Por qué seguir cantando?
 
La pregunta, válida por cierto, es cuál es la necesidad de decir palabras en momentos en que el invierno es cruel ¿Para qué intentar pronunciar palabras si el frío es tan intenso que antes que podamos terminar de decirlas pereceremos congelados? ¿Por qué seguirse congregando en manifestaciones, por qué publicar en los medios que lo permitan nuestras ideas? En fin ¿por qué continuar militando en momentos de tempestad? Si una palabra o una idea pudo terminar de decirse y hacerse durante la primavera, es porque durante la adversidad más desastrosa, es porque durante el invierno más frío comenzó a emitirse. Son al fin de cuentas, esperanzas de rebrote, legados que dejaremos para otros tiempos que quizás, ni siquiera tengamos la oportunidad de vivenciar. La vida humana no es “grietizable”. 
Si algún legado nos dejó la historia reciente en América Latina y en Argentina de forma particular con el número treinta mil, es el valor absoluto de la vida humana: el No Matarás que se impone como mandato ético cuya violación impide cualquier diálogo, pero también, su vulneración implica la activación de una serie de acciones colectivas que busquen preservar la vida. 
La lucha contra la serpiente no puede estar separada de la lucha por hacer que todos tengan zapatos, y esas luchas no podemos emprenderlas descalzos. 
Pero ahora nos enfrentamos no solo a la serpiente que ya conocíamos. Se están cosechando nuevos huevos que, a través de una fina membrana, se puede distinguir la piel de un reptil ya formado. Algunos cascarones ya se rompieron y nuevas serpientes están naciendo y mordiendo bajo la supuesta membrana de un cambio. Enfrentemos, desde las poéticas democráticas, a estas serpientes juntos, pues los reptiles siempre le temieron a los derechos. "Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente.
 A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado".
(Del personaje Dr. Vergerus de la película de Ingmar Bergman El Huevo de la Serpiente)
 
 
 
Quizás la mejor frase que describe y condensa la densidad del poder punitivo, es decir, el poder-derecho que tiene el Estado de castigar, para aplicar de forma deliberada una cuota de dolor a una persona, sea la de Eduardo Galeano que dice “La justicia es como las serpientes, sólo muerde a los descalzos”. Es la mejor frase porque entendemos que aporta una serie de significados que merecen ser analizados. No se trata sólo de aquellos que no pueden comprarse un par de zapatos, sino que la metáfora del escritor uruguayo nos es útil también para intentar explicar a otros mordidos.
 
 
Los que perdieron el poder… y los zapatos.
Históricamente el poder punitivo se aplicó a los más débiles, que son aquellos que nunca pudieron comprarse zapatillas. Pero también, y ello es una constante cuando analizamos su devenir histórico, el poder punitivo - de forma legal o ilegal, de manera legítima o ilegítima - se aplicó a aquellos que perdieron el poder. Podemos pensar en ejemplos paradigmáticos del siglo XX, por ejemplo el general nazi Hermann Göring, durante la vigencia del Tercer Reich jamás se le cruzó por la cabeza que podía llegar a ser condenado a la horca. Claramente no se trataba de una persona vulnerable, pero cuando perdió el poder, que en nuestra metáfora lo representan los zapatos, quedó descalzo frente a la serpiente. También es cierto que Göring era un genocida, pero su condena no se debe (solo) a sus actos, sino a la pérdida del poder. Las fuerzas aliadas estaban llenas de criminales y, por resultar vencedores en la segunda guerra mundial, ninguno fue mordido. 
Existen otros casos que, como contracara de la misma moneda, demuestra la forma estructural en la que se comporta el poder punitivo a nivel mundial. Aquellos que sin ser vulnerables como Göring, pero que a diferencia del jerarca nazi no son criminales, son perseguidos igualmente por el poder punitivo, en el mismo momento que pierden el poder político. No son sus actos los que los lleva a ser mordidos por la serpiente, sino la pérdida del poder. Pienso en los líderes latinoamericanos que, habiendo perdido elecciones - como el caso de Cristina Fernández - o habiendo sido expulsados con golpes blandos - como Fernando Lugo en Paraguay, Manuel Zelaya en Honduras o Dilma Rousseff en Brasil - son hostigados de manera permanente por la corporación judicial que amenaza casi a diario su libertad en complicidad con las corporaciones mediáticas y el establishment. 
 
Los que nunca pudieron comprarse los zapatos
Estos son los destinatarios mayoritarios del poder punitivo. Son quienes se hacinan en las prisiones y quienes históricamente fueron los condenados a las diferentes penas: levas, galera, deportación, cadalso y hoguera de la Inquisición. La serpiente los muerde por muchos motivos que explicarlos, nos llevaría todo un tratado. Pero quizás venga bien aunque sea listar las explicaciones posibles.
En primer lugar la serpiente muerde a los descalzos porque son los más fáciles de morder, y la serpiente, como toda burocracia, cumple con la regla de tener que hacer con el menor esfuerzo en el menor tiempo posible, y es mucho más fácil morder a los descalzos que descalzar a quienes tienen zapatos para luego morderlos. En segundo lugar, la única función de la serpiente es morder, y por lo tanto debe justificarse frente al resto. Una tercera explicación tiene que ver con la forma en la que se gobierna la miseria y se evita que los descalzos se coliguen, pues estar descalzo y tener conciencia de ello es muy peligroso, tanto para la serpiente como para los dueños del serpentario. En cuarto lugar, y sin intención de ser exhaustivo en el análisis, con un par de mordidos, los calzados obtienen una sensación - ficticia por cierto - de tranquilidad y seguridad.
Quienes nunca pudieron tener zapatos son presa fácil no solo de la serpiente que muerde, sino también, y esto es mucho más peligroso, de otras serpientes de dos cabezas que directamente inoculan un veneno mortífero e inmediato: gatillo fácil, escuadrones parapoliciales y toda una serie de ejecuciones sumarias extrajudiciales que se suceden en América Latina.
 
Los que se descalzan
Un tercer grupo de los mordidos son generalmente jóvenes, nacidos, criados y militantes durante la democracia. Más por ingenuidad que por cualquier otro motivo, este tercer grupo se expone descalzo al poder punitivo, porque cree que todavía estamos en primavera, y que es posible darse el lujo de convocar e ir a una marcha con muy poca asistencia, de no fijarse si hay infiltrados, de desconcentrar luego de una manifestación de forma individual o de quedarse en las inmediaciones tomando cerveza. Nadie niega en este caso la injusticia de la serpiente que se enrosca para morder, pero claramente mordidos es mucho más difícil pelear contra esa injusticia, pues allí la urgencia es buscar suero antiofídico para no morir. No se trata de que el miedo a ser mordidos nos paralice, pues eso es precisamente lo que busca la serpiente, una población totalmente miedosa de hacer, decir y pensar. De lo que se trata, es de cuidarse, de cuidarnos, siempre  de forma colectiva. 
 
Los que protestan
El último grupo de destinatarios del poder punitivo lo conforman quienes ni siquiera tienen la suerte de ser mordidos por la serpiente. Son directamente asesinados por el Leviatán, ese monstruo en el que se transforma el Estado cuando el beneficio de la duda es para las fuerzas de seguridad y desde el poder político se les da licencia para matar, porque en esa construcción paranoide de realidad, el orden es siempre más importante que la vida, pues la vida, la libertad y todos aquellos derechos fundamentales que considerábamos ya conquistados, son puestos en tela de juicio por el Estado de Excepción, porque siempre existe una amenaza a ese orden. Son los asesinados en manifestaciones. Son los Maximiliano Kosteki, los Mariano Ferreyra, los Darío Santillán, los Santiago Maldonado, los Carlos Fuentealba, los Rafael Nahuel y los miles y miles que pusieron su cuerpo en una causa justa. 
 
¿Por qué seguir cantando?
La pregunta, válida por cierto, es cuál es la necesidad de decir palabras en momentos en que el invierno es cruel ¿Para qué intentar pronunciar palabras si el frío es tan intenso que antes que podamos terminar de decirlas pereceremos congelados? ¿Por qué seguirse congregando en manifestaciones, por qué publicar en los medios que lo permitan nuestras ideas? En fin ¿por qué continuar militando en momentos de tempestad? Si una palabra o una idea pudo terminar de decirse y hacerse durante la primavera, es porque durante la adversidad más desastrosa, es porque durante el invierno más frío comenzó a emitirse. Son al fin de cuentas, esperanzas de rebrote, legados que dejaremos para otros tiempos que quizás, ni siquiera tengamos la oportunidad de vivenciar. La vida humana no es “grietizable”. 
Si algún legado nos dejó la historia reciente en América Latina y en Argentina de forma particular con el número treinta mil, es el valor absoluto de la vida humana: el No Matarás que se impone como mandato ético cuya violación impide cualquier diálogo, pero también, su vulneración implica la activación de una serie de acciones colectivas que busquen preservar la vida. 
La lucha contra la serpiente no puede estar separada de la lucha por hacer que todos tengan zapatos, y esas luchas no podemos emprenderlas descalzos. 
Pero ahora nos enfrentamos no solo a la serpiente que ya conocíamos. Se están cosechando nuevos huevos que, a través de una fina membrana, se puede distinguir la piel de un reptil ya formado. Algunos cascarones ya se rompieron y nuevas serpientes están naciendo y mordiendo bajo la supuesta membrana de un cambio. Enfrentemos, desde las poéticas democráticas, a estas serpientes juntos, pues los reptiles siempre le temieron a los derechos. 
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