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Lxs negrxs

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Cuando en 1789 se sanciona la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, los esclavos de las colonias francesas tuvieron que entender, a fuerza de yugo y látigo, que esos "hombres" no eran ellos. Ciento veintiséis clases de negritud había identificado el tan cartesiano pensamiento ilustrado, lo que vendría a justificar que los negros siguieran sosteniendo las arcas de la entonces nueva revolución francesa. En Haití tuvieron que hacer su propia revolución, una revolución negra, la primera de toda Latinoamérica en 1804, sancionando su Constitución política un año después e incorporando el maravilloso artículo 14 que establece “Todos los ciudadanos, de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación genérica de negros”. Un proceso de independencia que, a diferencia del resto de los países de la región cuyas revoluciones fueron encaradas por el patriciado criollo, en Haití se llevó adelante por los esclavos negros que, en honor a la etnia taina desaparecida por el colonialismo español, utilizó como nombre del nuevo país libre y negro una denominación indígena.

En 1912 se sanciona en Argentina la ley Roque Saenz Peña, más conocida como la ley del voto secreto universal y ubligatorio. Treinta y cinco años esperaron las mujeres por ser incluidas en la palabra universal, votando recién en 1947. Pero esa espera no fue ni ingenua ni pasiva, estuvo atravesada por luchas femeninas y feministas que la historiografía oficial obvió, no ingenuamente aquí, poner en sus manuales.

En 1948 se sancionó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, fundando un nuevo concepto internacional de ciudadanía: todos somos iguales ante la ley. Sin embargo, en 1969 el colectivo LGTBQ tuvo que romper los vidrios, los autos y las viviendas del barrio neoyorkino Greenwich Village para gritar, mientras recibían palazos, que también existían y que merecían ser llamados humanos con toda su diversidad.

Volvamos con el tema de la esclavitud. La Asamblea de 1813, autoridad soberana del nuevo proyecto nacional, decretó: "Todos los hijos de esclavos que nazcan en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata a partir del 31 de enero de 1813 serán libres". La libertad no es sinónimo de igualdad, o por lo menos la experiencia política así lo demostró. Con la sanción de la Constitución Nacional en 1853 se declara totalmente abolida la esclavitud, por si algún esclavo desde 1813 todavía continuaba con vida. Se le sumó el artículo 16 de la Constitución que proclama el principio de igualdad. Pero la igualdad jurídica no es sinónimo de igualdad material, o por lo menos, no impidió llevar a los negros en el primer frente de batalla en la guerra contra el Paraguay

Al momento de formación del Estado Nacional durante las décadas del 60, 70 y 80 del siglo XIX, la guerra no era solo una forma de ganarle territorio a una nación hermana con desventaja militar, sino también una forma de liquidar a los negros vernáculos. Pero la guerra también se emprendió hacia adentro, no ya contra los negros sino contra otros no-blancos: los indígenas de la Patagonia. Pensada intelectualmente por Sarmiento en el libro Civilización y Barbarie y llevada a cabo durante el gobierno de Avellaneda por el general Roca, la Campaña del Desierto fue una batalla colonialista que permitió el avance del territorio nacional para expandir los dominios de la oligarquía local y de la burguesía inglesa, ampliamente beneficiada con el corrimiento de los límites nacionales. Aquí tampoco importó que la Constitución liberal haya proclamado la igualdad entre los humanos, pues para muchos intelectuales de la época, incluido por supuesto Sarmiento, los indígenas fueron apenas "salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia (...) La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes

El optimismo de Alberdi por la inmigración europea, más los barcos en los que al final vinieron sumado al contexto racista de las teorías cientificistas de Gobineau y Spencer, terminó sellando un imaginario de una Argentina blanca y un Buenos Aires como la ciudad más europea de Latinoamérica. A medida que nos alejábamos de los centros urbanos, e incluso, a medida que nos alejábamos de los barrios patricios, la piel blanca se oscurecía.

La negritud, el mestizaje, la piel no blanquecina, no desaparecieron pese a los reiterados intentos históricos de las clases dominantes. Por ello, se transformó en objeto de lo abyecto. No es casual que la forma de estigmatizar a los obreros peronistas fuera precisamente la expresión cabecitas negras. Desapareció la palabra cabecita pero perduró, en épocas posteriores, lo negro como material de discriminación, no ya al sujeto trabajador del peronismo, sino al desproletarizado del neoliberalismo.

Las críticas e impugnaciones al racismo hicieron mutar los intercambios cotidianos: ya no es simplemente "negro", sino "negro de alma" o más brutalmente "negro de mierda". Parece hasta ridículo que se lo enuncie casi como excusa de no segregación, diciendo "yo no discrimino a los negros de piel, sino a los de alma". Extraña forma de no autoconsiderarse racista.

La historia bien podría ser definida - acaso groseramente resumida - como la lucha por ingresar a la categoría de humanidad. El filósofo inglés David Hume decía que los negros pueden desarrollar ciertas habilidades propias de las personas, como el loro consigue hablar algunas palabras. Voltaire pensaba que los negros eran inferiores a los europeos, pero superiores a los monos. De aquellas expresiones en las que los negros no ingresaban a la categoría de humano, así como también desde que las mujeres no eran parte del universo - según la ley de voto secreto, universal y obligatorio - hasta las formas más sutiles pero no por ello menos excluyentes y expulsivas de la actualidad a través del racismo al alma o la violencia de género; de los manuales de psiquiatría en que la homosexualidad era una enfermedad y las parejas del mismo sexo no podían casarse hasta las actuales discriminaciones micro y macro homofóbicas a la diversidad sexual, la discusión pasa por el grado de humanidad que le otorgamos a ese Otro, pero también por cuanta protección y derechos le vamos a dispensar.

Quizás no haya acción más revolucionaria que transformar el estigma en emblema y, parafraseando a la Constitución de Haití de 1805. declarar que hoy SOMOS TODXS NEGRXS. 

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