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Linchadores en Córdoba: la banalidad del mal.

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

En 1961 la periodista y filósofa Hannah Arendt cubrió el juicio en Jerusalén que se le siguió al criminal nazi Adolft Eichmann, quien fuera apresado en Argentina luego de huir tras finalizada la segunda guerra mundial por ser el ingeniero que administró el campo de concentración más espantoso y terrorífico que conoció el mundo: Auschwitz.

Hannah Arendt publicó en 1963 el libro ‘Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal’. En el texto, la autora extrae lúcidas conclusiones, entre ellas el poder de la obediencia debida y de la colaboración de cada funcionario nazi como una millonésima parte de un plan sistemático de exterminio. 

Otra de sus importantes conclusiones es que, pese a creer que los asesinos son monstruos despiadados, fieras con impulsos violentos primarios como animales, no son más que personas corrientes – en su mayoría – que en determinadas circunstancias se convierten en asesinos. 

El planteo de Hannah Arendt es inquietante: cualquiera puede transformarse en un asesino. No son especiales, sin sentimientos o monstruos. Son personas de carne de hueso, vecinos, padres, hijos, hermanos, empleados que, ante determinadas circunstancias, se transforman en homicidas. Por supuesto que para Arendt esto no los transforma en menos responsables. Son jurídica, moral y políticamente culpables, pero son tan iguales a nosotros como cualquiera.

¿Cuáles son entonces las circunstancias en Córdoba que determinaron que unos “vecinos” de barrio Quebrada de las Rosas, de un día al otro, asesinen a un joven? ¿Qué mecanismos culturales producen estos homicidios?

Existe un fuerte discurso oficial desde el gobierno provincial que divide a los cordobeses en ciudadanos con derechos y ladrones. Textualmente el gobernador De la Sota manifestó que su gobierno sólo respeta los Derechos Humanos de los honestos. Ese discurso gubernamental es reproducido por los medios de comunicación y emulado socialmente. Diarios y noticieros siguen reservando para los ciudadanos que asesinaron a José Luis Díaz el sustantivo “vecinos”, mientras que estigmatizan a la víctima del homicidio con el mote de “delincuente”. Como si robar fuera un delito más grave que asesinar. O son personas, ciudadanos ambos, o ambos son delincuentes. Me quedo con la primera definición, pues nadie es uno de los actos de su vida, por horrendo o santo que haya sido. Socialmente, hay un fuerte atravesamiento cultural producido por el racismo, un racismo vernáculo que decidió priorizar el “alma” por sobre la raza, y así declama alegremente que no se discrimina al negro de piel, sino al de alma, como excusándose por creer que dicha frase es menos racista.

El racismo produce un profundo sentimiento de odio hacia el otro, construido como opuesto a un nosotros imaginado. Ese odio solo puede canalizarse mediante la venganza, ya sea mediante la diatriba en las redes sociales – deseando incluso la muerte o el robo de quienes piensan distinto – o más salvajemente a través de los linchamientos. 

Córdoba vive formas fragmentadas. Zonas consideradas seguras y otras peligrosas. Ciudadanos de primera con derecho, y delincuentes que ya no solo merecen la cárcel, sino también las patadas de quienes se esconden en la multitud. El Estado se comporta de igual forma: la policía protege – por cierto muy ineficientemente – las áreas seguras habitadas por ciudadanos con derechos, y actúa mediante razias, detenciones masivas y abuso policial en las áreas “críticas”. 

Recordar Auschwitz con una actitud crítica; construir memoria sobre el pasado reciente en Argentina y los horrores de “olvidarse” los Derechos Humanos; percatarse de su terrible y espantosa actualidad y cercanía; repensar los efectos del odio en los discursos y acciones. Sólo eso nos puede salvar de una ciudad habitada por otros Eichmann.