Google+
La solución final

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

El antropólogo Marvis Harris sostiene una arriesgada hipótesis en torno a la función social que cumplía la Santa Inquisición. Rara vez eran quemados en la hoguera médicos, profesores de la universidad, juristas y, por supuesto, los propios inquisidores siempre estaban a salvo de morir. Según un estudio realizado por Midelfort, sobre 1.258 ejecuciones al suroeste de Alemania entre 1562 y 1684, el 82% eran mujeres pobres. Ocho de cada diez personas hervidas al fuego eran de clase social baja.

¿Cómo sabían que eran culpables? Porque luego de una inenarrable tortura, la humanidad de las brujas se quebraba y confesaban su culpabilidad.

No se trataba pues, de ser simplemente bruja. Su culpa no era simplemente volar en escoba, asistir a los aquelarres o adorar a Belcebú. La maldad de las brujas producía hambrunas, epidemias y campos cultivados arrasados. ¿Pero las hambrunas no podrían ser culpa de la mala administración de los príncipes, del sistema político en los que unos comían mucho y muchos nada? No, la culpa era de las brujas. Así, Harris sostiene entonces que la función que cumplía la Santa Inquisición era la de depositarle todos los males sociales a las brujas, hacerlas aniquilables y mantener el status quo de dominación en las que príncipes y clérigos eran ampliamente beneficiados.

Cuando a una persona, o grupo de personas, se le atribuyen la causa de todos males sociales, parece casi un obvio devenir que la solución es su aniquilamiento. Muerto el perro se acabó la rabia. 

El problema de esta operatoria punitiva y social es que ese enemigo construido no es más que un chivo expiatorio, es decir, una víctima sacrificable que sacia la sed de venganza, pero al no ser el culpable verdadero de todos los males, éstos perduran.

Durante el comienzo del siglo XX, los etiquetados como causante de todos los males eran los inmigrantes que trajeron a la Argentina, las ideas del sindicalismo, el comunismo y el anarquismo.

Como consecuencia, el Estado dictó las leyes de Residencia y Defensa Social. Estas permitieron el confinamiento, la expulsión o la prisión de miles de extranjeros y trabajadores con ideas revolucionarias. El objetivo era el aniquilamiento de los indeseables, de los estigmatizados como portadores del retraso de una Nación que iba al Centenario como granero del mundo, en la que unos eran los dueños de los granos, y otras apenas sus cosechadores explotados.

El nazismo también utilizó la lógica de la Santa Inquisición: los judíos fueron sindicados como los culpables de la catástrofe en que se encontraba sumida Alemania de la entreguerra. No fueron los errores políticos que llevaron a participar de la primera guerra mundial, ni los marciales que llevaron a perderla, ni los militares que llevaron a firmar el pacto de Varsovia. No. La primera premisa fue considerar que el problema de una Alemania pobre – en la que se dejó de contar el dinero para pesarlo por la terrible devaluación – eran los judíos. La segunda premisa fue su aniquilamiento. La conclusión, el genocidio.

En 1975 Isabel Martínez dicta una serie de decretos que pasarán a conocerse como los “Decretos de Aniquilamiento de la Subversión”. En palabras de los mismos decretos, el objetivo era el aniquilamiento de los elementos subversivos. Directamente, asesinar a los considerados enemigos de la patria. 

Esta práctica se extendió y generalizó al punto del horror con la dictadura cívico militar. Si el causante de todos los males eran los subversivos, matarlos fue la solución final que tomaron los militares acompañados por civiles.

En síntesis, desde el nacimiento del poder punitivo se han construido enemigos a quienes se los acusa de todos los males. Este ejercicio no es posible sin un soporte discursivo que legitima primero la creación de personas a quien depositarle la causa de la maldad, para luego establecer lo conveniente de su eliminación.
Aniquilar al enemigo parece ser la forma en la que se construye una hegemonía. El problema es el Otro, entonces, su desaparición parece ser la solución.

Con la llegada del neoliberalismo individualista en los noventa, la propiedad privada se ha erigido en un verdadero santo a venerar. Todos aquellos que osen arrebatarla serán considerados los nuevos enemigos. Esta sacralización de la propiedad privada acarrea la distorsión de los valores sociales. No es simplemente que la propiedad de unos vale más que la de otros, o más severamente que la vida de unos vale más que la de otros. Es mucho más execrable, pues parece que la propiedad de unos vale más que la vida de otros.

El origen de los linchamientos se encuentra en pensar que ese otro que arrebató la propiedad, es el enemigo de la sociedad, el causante de todos los males. No son las desigualdades que produce el capitalismo ni las consciencias colonizadas que lo legitiman. Son los delincuentes. Curiosa etiqueta que los medios masivos destinan al ladrón y no a sus asesinos: “Vecinos mataron a un delincuente” es una operatoria legitimadora de la muerte que refuerza lo que parece estar prohibido – robar – y lo que parece estar permitido – asesinar al ladrón –.

Ya no nos preocupa las brujas volando hacia aquelarres. Son casi un dato anecdótico. Sin embargo, es preciso advertir que si el enemigo es de ocasión, la operatoria es la misma. Vivimos en una democracia imperfecta, pero democracia al fin que nos interpela a no mirar para otro lado, a ver en ese “delincuente” a otro ser humano y que ningún reloj será más valioso que la vida de nadie.