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La memoria de hojaldre

mlafuente
Por Manolo Lafuente
@MANOLOLAFUENTE

Decir: “dicen que la memoria es la inteligencia de los imbéciles… pero no me acuerdo quienes lo dicen…” es sólo un juego de palabras con una pátina de soberbia y una pizquita de cinismo.

No más que eso.

En realidad, mucho menos que eso… después de todo lo que nos pasó.

Después de lo que nos pasó y cuando ya creíamos lo que cantábamos porque siempre cantamos lo que creímos: todo está clavado en la memoria.

Y no es que no lo esté. Aunque alguien, como en la saeta popular (símil español de vidala y baguala) que canta el Nano, se esté preguntando: ¿Quién me presta una escalera, para subir al madero para quitarle los clavos a Jesús del Nazareno?

Sobre todo nosotros, los que no podemos cantar ni queremos a ese Jesús del madero sino al que anduvo en el mar.

Borges cuenta en “La memoria de Shakespeare” , que a alguien le fue ofrecida. Y que ese alguien, vió, sintió pensó, imaginó, le pareció, que poco a poco, la memoria del gran William iba reemplazando la suya hasta anularla.

Tanto, que optó por devolverla.

Pero en el interín, creyó, vió, sintió, pensó, imaginó, lo que Borges decía que decía De Quincey: el cerebro del hombre es un palimpsesto. “Cada nueva escritura cubre la anterior, y es cubierta por la que sigue.”

Con lo que se podría concluir que todo puede borrase mediante el simple expediente de tapar lo anterior con lo posterior. O con lo anteroposterior. O sea con lo actual.

Afortunadamente, De Quincey afirma rotundamente que la todopoderosa memoria puede exhumar cualquier impresión, por momentánea que haya sido… si le dan el estímulo suficiente.

Así los tantos, para demostrar(nos) que los argentinos ni venimos de los barcos, ni falta que nos hace que nos digan “argentinos” a las cosas, pongamos más que manos a la obrar, manos en la masa.

Y estimularemos esa “memoria todopoderosa” para derrotar para siempre el hojaldre.