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Inseguridad y miedo

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

El miedo ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. Reconocerse finito en un mundo infinito es quizás el razonamiento que como humano más nos separe del resto de los animales: la conciencia de la propia muerte.

Lo que ha cambiado en la historia es el ente del cual se siente temor. El miedo a las brujas dejó de ser un problema con la caída de la Santa Inquisición; se terminaron las muertes por sífilis gracias a la penicilina y con el fin de la dictadura, los “subversivos” ya no son un enemigo.

Sería un error pensar que los miedos tienen una correlación exacta con las probabilidades de muerte, pues el mundo de las emociones es un complejo artefacto cultural no del todo racional, pero no por ello, menos importante. Por ejemplo, las muertes ocasionadas por el uso indebido de medicamentos es casi diez veces mayor que las muertes producidas en ocasión de robo (dato del Instituto Argentino de Atención Farmacéutica). A su vez, existen más posibilidades de morir atropellado por un automóvil que por caminar de noche solo por el barrio. Sin embargo, el temor a ese mal que nos asecha allí en la oscuridad de la noche producido por un desconocido es infinitamente mayor que el que experimentamos al cruzar la calle o pasar por una farmacia.

De acuerdo con el último relevamiento del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano, el 73% de los argentinos califica de alto el nivel de inseguridad. Sin embargo, la tasa de homicidios es una de las más bajas de la región. Argentina tiene niveles de victimización similares a Colombia (según Latinobarómetro cercana al 38%), sin embargo la tasa de homicidios del país cafetero sextuplica la local.

 

Criminalidad Objetiva y Subjetiva

Esta distinción entre delito y miedo se conoce en criminología como criminalidad objetiva y criminalidad subjetiva. El primero de estos conceptos hace alusión a la tasa real de delitos producidos en un determinado territorio. El segundo, al miedo experimentado ante un delito. Creer que entre ambos existe una correlación es una inexactitud. No siempre mayores niveles de delito producen mayores sentimientos de inseguridad, y viceversa.

Producto de una construcción hegemónica de los medios de comunicación, en los últimos tiempos se ha asociado la palabra “inseguridad” a delito, y no a cualquier delito, sino a aquellos contra la propiedad y la vida producidos por un desconocido. Violencia de género, narcotráfico, violencia institucional, trata de personas, delitos de cuello blanco y delitos ambientales son ilícitos que no ingresan a la categoría de inseguridad. A su vez, situaciones que implican inseguridad (en el sentido de falta de certezas) no ingresan a dicha categoría, como perder el empleo, enfermarse o que tu pareja te abandone.

Estos razonamientos no son menores si tenemos en cuenta que desde mediados de la década pasada la “inseguridad” es la principal preocupación social según los sondeos de opinión.

Los centímetros cuadrados que ocupa la noticia criminal en el diario, el tiempo de transmisión de hechos delictivos pasados en televisión, el consumo por parte de todos los argentinos de medios porteños –como si el delito fuera igual en un pueblo del interior cordobés que en Capital Federal– son algunos componentes que coadyuvan a la formación del miedo. Pero también la ruptura de los lazos sociales. El miedo genera un verdadero círculo vicioso: por miedo nadie sale a caminar por el barrio, y como no hay nadie caminando, eso produce temor para salir a caminar.

La pérdida de espacios comunes también es un componente a analizar. ¿Qué espacios han quedado en Córdoba para vivir con el otro cuando se alambras los barrios cerrados y se construyen arcos de ingreso para las ciudades barrios? ¿Qué mecanismos de mediación interclase sobreviven al cordón simbólico que construye el Código de Faltas que impide que jóvenes de sectores populares ingresen al centro de la ciudad?

El fenómeno del temor al delito es complejo y multicausado. Investigaciones demuestran que los bajos niveles de legitimidad social que tienen instituciones encargadas de gestionar el delito como la Justicia Penal y la Policía también colaboran al aumento del miedo.

Poner luces en una plaza pública y transformarla en un lugar agradable para todos los vecinos puede hacer disminuir el sentimiento de inseguridad de transitar por dicha plaza, pero seguramente no disminuirá los homicidios entre bandas que se producen en el barrio por la disputa del territorio. Esto implica que la disminución de la criminalidad subjetiva y la objetiva debe necesariamente ser interdisciplinaria y multiagencial, con participación de los vecinos en la definición de los problemas pero también con participación estatal ingeniosa para no ofrecer sólo más policías ante los reclamos sociales por más seguridad.

Córdoba es la provincia de Argentina que más policías tiene por cantidad de habitantes, sin embargo no mejoran los niveles de criminalidad subjetiva y objetiva, lo que demuestra a las claras el más rotundo fracaso de las políticas de seguridad. No faltan policías, sino que lo que falta es eficiencia en la administración de un aparato enorme de seguridad.

Desde el retorno de la democracia, las distintas administraciones provinciales cedieron el gobierno de la seguridad a la Policía. El problema es que los distintos Jefes de Policía creyeron que aplicando masivamente el Código de Faltas o controlando los cascos de los motociclistas haría disminuir la criminalidad objetiva.

Desde el Estado Provincial no hay muestras de hacer el sistema de seguridad un aparato más eficiente, insistiendo en un modelo que ha demostrado a las claras estar obsoleto. Cada vez se destinan más recursos a la seguridad pero no mejoran los niveles de criminalidad subjetiva ni objetiva. Será función de la ciudadanía reclamar no simplemente más “presencia policial”, sino mejor administración de los recursos públicos, pensando que no puede existir más seguridad si eso no va de la mano con más derechos. Cada vez que se pone un nuevo móvil policial en las calles, significa que hay menos médicos o docentes, pues el presupuesto es limitado.

La articulación entre reclamos sociales ingeniosos y respuestas estatales novedosas será la clave para disminuir esa sensación de finitud, pero también para reducir la propia finitud.

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