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El barco de los suecos

ggoldes
Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

A veces una charla ligera nos depara sorpresas. Compartía un almuerzo con Guillermo Stutz, colega de la FAMAF. Era fin de 2017 y planeaba los detalles de mi viaje a la Antártida, para enero de 2018. Mi interlocutor planteó la consabida pregunta: “¿Tenés planes para las vacaciones?” Hice una breve pausa antes de contestar, con tono neutro: “Voy a hacer un crucero por la Península Antártica”. Mi respuesta lo sorprendió. Pero luego de unos segundos, lejos de amilanarse, mi tocayo comenzó a contarme una historia fascinante, que él había leído tiempo antes en un viejo ejemplar de la revista Camping. El artículo se llamaba Atrapados por el Hielo y no llevaba firma. Yo nunca había oído sobre tales episodios. En los próximos meses, sin embargo, ese épico relato llegó a ser casi familiar para mí. Ahora intentaré reproducirlo, hasta donde mi memoria lo permite.

 

Corría 1901, y los únicos mares y continentes aún inexplorados eran los que circundan ambos polos de la Tierra. El Océano Ártico, cubierto de una capa de hielo de mar. Recién en 1909 el marino norteamericano Robert Peary pondría sus pies por primera vez en el Polo Norte. Al menos, eso afirmaría después. Pero sobre todo, la Antártida, ese enorme continente helado y sin población humana originaria. A fines del siglo XIX, varios congresos de geógrafos habían recomendado explorar aquel vasto territorio. Había sido avistado por primera vez allá por 1820.

En Suecia, el geólogo Otto Nordenskjöld se decidió a emprender la exploración de esas tierras gélidas. Una aventura que deparaba riesgos, como él mismo comprobó. Se embarcó a bordo del velero Antartic, que estaba al mando del capitán Carl Larsen. Eligieron la ruta más lógica para llegar al extremo austral del Mundo: la sudamericana. Navegaron hasta Buenos Aires, de allí a las Malvinas, y partieron del principal puerto de nuestras islas usurpadas rumbo al Sur, en enero de 1902.

Entre la tripulación del Antartic se encontraba, como invitado, un joven marino argentino: el alférez José María Sobral. Décadas después un aviso de la armada argentina fue bautizado con su nombre.

Recuerdo que ese pequeño barco se hizo particularmente conocido por su intervención en la Guerra de Malvinas. Allí fue atacado por helicópteros ingleses que lo dañaron seriamente. Su capitán y varios miembros de la tripulación murieron en esos ataques. Sobral estuvo en las Malvinas en 1902. El aviso Sobral pasó por las Malvinas 70 años después. La primera vez para explorar territorios. La segunda para disputarlos.

En febrero de 1902, el Antartic dejó a Nordenskjöld, Sobral y otros dos científicos suecos en la pequeña isla Snow Hill (colina nevada), sobre la costa oriental de la Península. Allí pasarían el invierno realizando estudios geológicos y climatológicos.

Supuestamente el buque volvería a recogerlos recién en noviembre de ese año, pasado el invierno y luego de reabastecerse en Ushuaia y navegar por el Beagle y el estrecho Magallanes. Y así lo hizo, solo que no pudo llegar a Snow Hill: el hielo se lo impidió. Luego de quedar bloqueado en el hielo varias veces y zafar de esa peligrosa situación otras tantas, Larsen decidió enviar por tierra (en realidad por hielo) a tres expedicionarios a buscar al grupo de Nordenskjöld. Su misión era sencilla aunque peligrosa: traer de regreso a los cuatro investigadores hasta el barco. Sin embargo, no pudieron hacerlo pues una franja de mar sin congelar les impidió el paso. Tuvieron que regresar sobre sus propias huellas hacia el barco. O al menos eso creyeron. Porque en realidad, mientras caminaban hacia el sur y luego de regreso hacia el norte, el barco aprisionado por el hielo se había hundido. Y sus tripulantes habían emprendido una muy penosa marcha intentando llegar a la isla Paulet, ubicada a uno 40 km de distancia. Luego de 16 días de travesía, los integrantes de este nutrido grupo lo lograron y construyeron una rústica cabaña de piedra como refugio. Esa cabaña, en Paulet, aún se conserva y es hoy un monumento histórico.

En aquel desesperado momento, entonces, tres grupos separados se encontraban en diferentes lugares: Nordenskjöld, Sobral y dos investigadores en la isla Snow Hill, sin saber nada del naufragio del Antartic. Larsen y su tripulación en la isla Paulet, y el fallido grupo de rescate por tierra, en un lugar entre ambas: la bahía Esperanza. Un escenario complicado para un hipotético, e improbable, rescate. Que sin embargo, llegaría.

 

En abril de 1903 y ante la ausencia de noticias, las autoridades argentinas comprendieron que los viajeros no volverían por sus propios medios: había que rescatarlos. Una vieja cañonera, la Uruguay, se comenzó a reforzar para poder navegar entre los hielos. En octubre de ese año todo estaba listo y la orden de zarpar fue dada por el propio presidente Julio Argentino Roca. Estaba en su segunda y última presidencia, más calmado probablemente que en sus años de genocidio planificado en la mal llamada Conquista del Desierto. Comandaba la Uruguay un joven teniente: Julio Irízar. Llegaría a Almirante y su nombre y estampa también perdurarían. El único rompehielos en servicio en la Armada Argentina se llama, justamente, Almirante Irízar.

Y la historia dice que, mientras el barco de rescate aún se alistaba en los astilleros de Buenos Aires, los grupos de la Isla Paulet y de bahía Esperanza fueron, como pudieron, hacia la isla Snow Hill, el único de los tres lugares que había sido previamente pautado para un eventual rescate. Los náufragos expedicionarios llegaron a Snow Hill prácticamente al mismo tiempo que la Uruguay. El buque al mando de Irízar rescató a la totalidad de los tripulantes, sin siquiera una baja entre ellos, y los retornó, triunfante, al puerto de la capital argentina. Buenos Aires los esperaba, ansiosa. Y los recibió con júbilo.

No solo para los expedicionarios argentinos hubo reconocimiento. La barrera de hielo que cubre la costa oriental de la Península Antártica se llama barrera de Larsen, y tiene tres partes que se conocen como Larsen A, Larsen B y Larsen C. En el interior de ese campo de hielo flotante se halla la base argentina Matienzo. La costa de la península se denomina, en esa zona, costa Nordenskjöld.

Me pareció una historia poco conocida, heroica y con final feliz. El año en que una misión argentina rescató a la totalidad de los miembros de la expedición pionera de los suecos en la Antártida norte. Y volvamos a decirlo, en 1903 ya todo había terminado. Recién 8 años después, en dos expediciones separadas, Roald Amundsen, de Noruega, y Robert F. Scott, de Inglaterra, llegarían al Polo Sur, con algunas semanas de diferencia. Amundsen sobrevivió a esa expedición, no así Scott.

Pero esa es otra historia, mucho más difundida, y en su mayor parte, ajena.