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Educación Pública y compromiso político

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Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Hay una frase que está presente en varios intercambios virtuales cada vez que la educación pública se levanta y lucha por derechos: “Un docente luchando también está enseñando”. Pero ¿qué significa concretamente la frase? ¿Qué contenido específico podemos darle?

En tiempos de narcisismo extremo – no casualmente los teléfonos celulares mejoran la calidad de su cámara frontal que saca “selfie” en detrimento de la cámara trasera, que fotografía a otros – se le presenta a la educación pública un desafío en todos sus niveles: educar para pensar y actuar con/por el otro. Así, educar se transforma en un acto que tiene como horizonte producir la ampliación del registro del sujeto: el mundo no existe por ni para el alumno, sino que él existe con el mundo. Allí la idea de derechos en general y derechos humanos en particular cobran una particular relevancia, pues estos son siempre con otros. Ese encuentro con el otro propiciado por el ámbito educativo solo es posible en tanto existan distintas acciones que lo protejan, y una de las más importantes es luchar cuando el mismo se encuentra en peligro.

La educación se transforma así en un derecho prioritario y fundamental en tanto permita la existencia de otros derechos: es un derecho que irradia derechos y exige, de parte de toda la comunidad educativa, su defensa más profunda frente a aquellas políticas que intentan menoscabarlo, vapulearlo o directamente eliminarlo. Si la educación es aquello que permite entender la existencia de otros derechos, es entonces la educación un derecho humano fundamental, porque irradia otros derechos que solo pueden ser ejercidos en el marco del auto reconocimiento de la persona como sujeto de derecho.

Una concepción de educación restrictiva, que no acompañe con el pensamiento y la acción la lucha por la educación, es inconducente y por lo tanto inaceptable, pues conlleva la paradojal posibilidad de su propia destrucción.

Como los derechos no bajan como lenguas de fuego, un docente luchando está enseñando a sus alumnos – que son titulares del derecho a la educación – que los derechos son hijos de conquistas logradas en lucha. Ningún gobierno regala derechos, menos aún los gobiernos neoliberales, que son enemigos de los derechos y amigos de beneficios – que son para algunos – y de privilegios – que son siempre contra otros -.

Un docente que en un contexto de ataque generalizado a la educación pública no lucha por la educación– y la huelga es una de ellas pero sabemos que no la única –, está enseñando que la educación es un privilegio pero por sobre todas las cosas, está escribiendo el réquiem para la muerte del derecho a la educación, derecho que le permite enseñar. Ese docente enseña que lo único importante es el espacio cerrado de su aula y el beneficio individual de enseñar y aprender. Un docente, pero también un alumno que no lucha por la educación es una contradicción en los términos. Son apenas una selfie que la historia olvidará y sus aulas la cámara frontal para que solo se autofotografíen.

En contraposición, un docente luchando está enseñando en términos generales que los derechos, que son siempre con otros, se conquistan en lucha, pero también está enseñando en términos particulares que el derecho a la educación, quizás el primer derecho porque engendra otros derechos, es solo posible, si se lucha por él.

Un docente luchando está enseñando que el mundo solo es justo cuando también es justo para otros, y si ello no sucede, hay que luchar para acercarse a ese horizonte lo más posible. Si el docente no pudo cambiar el mundo debe entusiasmar a los alumnos para que lo hagan. Quizás sea entonces una forma de transformarlo para mejor.

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