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0800 denuncie o el devenir delator

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Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Toda teoría que se propone la gestión de los conflictos desde un marco protofascista tiene siempre dos componentes claves. Por un lado construye un enemigo público al cual achacarle todos los males y problemas sociales. Esta operatoria es políticamente redituable porque desvía las verdaderas causas de los problemas, así también como sus responsables. Por el otro, utiliza la secuencia interrogación-confesión-delación. En esta etapa hay un modelo de interrogación colectivo a la sociedad, una persecución constante a todos los construidos como peligrosos: “mejor delatar antes que me delaten”, pues la mejor manera de sacarse el estigma es colocárselo a otro.

La “SantaInquisición utilizó dicho mecanismo: erigió a las brujas como las culpables de todos los problemas sociales. Luego, la interrogación bajo tortura producía su confesión, delatando a otras brujas, y así se retroalimentaba el sistema inquisitorial. El nazismo fue otra teoría-práctica que construyó enemigos – el judaísmo – y buscó la delación social. 

La doctrina de la seguridad nacional utilizó formas análogas: los “subversivos” como causante de los problemas del occidente cristiano y capitalista, y también el mismo mecanismo interrogación-confesión-delación. Solo baste recordar la Resolución 538 del Ministro de Cultura y Educación de la dictadura cívico-militar argentina que disponía que el folleto titulado “Subversión en el ámbito educativo (Conozcamos a nuestro enemigo)” se distribuyera y estudiara en todas las escuelas del país.

¿Qué mecanismos sociales producen ciudadanos delatores? Sólo el miedo a ese enemigo construido, y también al miedo a ser un sospechado.

En momentos de expansión del Estado Penal, la seguridad asume la forma de vigilantismo. Alarmas comunitarias, Juntas de Participación Vecinal, aplicaciones de teléfonos celular para denunciar, el 0800 denuncias anónimas, proyectos para que sea el vecino quien denuncie al merodeador y la forma extrema de vigilantismo como los linchamientos – mal llamados justicieros – son solo alguno de los ejemplos de puesta en práctica de la delación social. 

Claro que esta participación no es sino una pantomima de democracia, pues sus miembros no tienen una verdadera participación en la definición de los problemas, el vínculo “democrático” es solo a través de la denuncia o delación del enemigo. Una democracia distópica en el que el único vínculo sociedad-Estado se da a través del pedido de protección, por lo que el Estado asume un protectorado con los siervos.

El vigilantismo social produce fronteras simbólicas hacia dentro de un mismo territorio, o lo que es lo mismo, fragmenta socio-geográficamente los espacios. Así produce alianzas entre los iguales, los delatores, que se apostan contra el enemigo en común al cual hay que denunciar.

¿Qué tienen en común estas teorías-prácticas como la Inquisición, el nazismo, la doctrina de la seguridad nacional y la nuevas formas que asume el discurso securitario actual? Precisamente ese doble engranaje de construcción de enemigos sociales – chivos expiatorios– y la utilización de la secuencia interrogación-confesión-delación.

¿Qué podemos aprender de la experiencia histórica? Que todas las formas de teoría-práctica anterior han desembocado en un genocidio, han producido crímenes de masas si no son detenidas a tiempo por la aplicación de un modelo democrático en el que el vínculo Estado-Sociedad sea a través de la ciudadanía, es decir, en un todos con derechos.

En que todos devengamos ciudadanos y no delatores se encuentra la clave para detener la masacre por goteo.
 

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